¿Una buena noticia?

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En el ojal del saco le colgaba una flor marchita, seca, triste. El papel decía: 9:30, oncología, quinto piso. La impaciencia reinaba, preciosa ella, altiva y solitaria, en la ruleta de sentimientos de Manuel. Él era un empleado más de una enorme cadena de supermercados. Era un número, un pobre tipo con una vida rutinaria sin amor, sin amigos, familiares, nada.

Su única compañía era un pez dorado que tenía en una pequeña pecera en el comedor llamado Bobby. Sí, Bobby, porque decía que le hacía acordar al perro que tenía su abuela. En fin, el punto es otro. Aquella mañana, Manuel apretujaba el papel , donde estaba escrito su turno, convertido en una bola de nervios.

En aquel momento rebalsaba de miedo. Es lógico. Cualquier persona a la que la encomiendan rumbo al oncólogo a examinarse un sospechoso bulto pasaría por las mismas sensaciones. Comenzó a pensar en que tal vez, la muerte le estaría  ofreciendo una salida fácil a su triste vida. Comenzó a pensar que, en realidad, no debería estar nervioso, ya que, al fin y al cabo, no tenía nada que perder. Una esposa bella y fiel que le guardase luto, una familia que lo extrañe, amigos de los que despedirse, hijos que lloren su partida. Nada.

Comenzó a fantasear con la posibilidad de tener un cáncer terminal, e incluso empezó a verlo con buenos ojos. Ya se imaginaba el momento en que lo llamasen: Anchorena, diría la recepcionista con esa voz aguda como de corneta de murga. Siempre odió su apellido porque le recordaba a la oligarquía que tanto despreció durante toda su vida. Avanzaría por el pasillo, estrecharía con fuerza la mano del doctor, y escucharía el veredicto final. Malas noticias Anchorena. Al instante sonreiría.

Luego de aquella estrambótica visión, se preguntó si alguna vez había sido feliz, si en algún momento había tenido una idea, un proyecto, una meta distinta a la de convertirse en el amargado y rancio cajero que era hoy. Se acordó de cuando tenía 18 y recién salido de la escuela secundaria se decidió por estudiar arquitectura. Soñaba con crear enormes rascacielos y casas de una estética única. También amaba el arte en todas sus facetas, así que se había anotado en un tallercito de pintura los sábados, uno de literatura los jueves y uno de guión cinematográfico los lunes. Recordaba aquella vida vertiginosa que llevaba rodeado de planos, maquetas, pinceles, biromes, hojas escritas y borroneadas, pomos de óleo arrugados por el uso, pilas de películas en VHS que veía y desmenuzaba de arriba abajo. Lo único que no tenía era tiempo. Recuerda que a duras penas las veinticuatro horas del día se le acomodaban para encastrar en ellas sus múltiples actividades. No, no puedo, tengo curso de pintura a las 5 era una de sus frases de cabecera.

Se cuestionó respecto a cómo, de qué manera la vida lo fue llevando desde un adolescente multifacético y emprendedor de docenas de proyecto, a un cansino señorón de cincuenta, solitario y sin mayor objetivo que apretujar el sueldo lo más que se pueda para llegar a fin de mes.

De pronto, su viaje había terminado. Agotado después de semejantes recorridos mentales, ya con la idea clara de que su vida no tenía sentido, volvió a aquel asiento de la sala de espera del área de oncología. Anchorena. Ahora sí era enserio y no producto de su imaginación. Esta vez, la voz chillona de la recepcionista retumbó en la pequeña habitación, despertando a algunos pacientes semidormidos.

Manuel avanzó, sereno y decidido a través del pasillo. Ya no tenía miedo. Aguardaba con ansias la confesión del doctor. Especulaba con todo tipo de cánceres, desde los más comunes, pulmón, páncreas, próstata, colon, hasta posibilidades extrañísimas como cáncer de tráquea ramificado hasta el vientre, cáncer de tímpano y demás trivialidades.

Manuel Anchorena entró al consultorio del oncólogo, lo saludó apretando su mano con firmeza y mirándolo a los ojos siempre, como le habían enseñado de chico.

Tome asiento, dijo el doctor con voz ronca. Manuel no aguantaba más. Mientras el doctor acomodaba unos estudios, en su mente revivía al pintor, al arquitecto, al escritor y al cineasta que tenía muertos y encolumnados en su morgue interna. Los hacía plasmar, en sus propias vertientes del arte, los distintos caminos que lo podrían conducir a la muerte. Todos ellos tenía un punto en común: una sonrisa en su rostro. Finalmente el doctor de voz ronca se decidió a hablar.

Buenas noticias Anchorena!  Dijo con un tono frenético, casi infantil. No tiene nada hombre! Falsa alarma! Igualmente lo tenemos que operar, pero era una simple bolita de grasa, nada grave! No tiene cáncer Anchorena!

Manuel, con el rostro atónito y más rígido que el mármol, no emitía sonido.

¿Qué le pasa Anchorena? ¿No está contento? Va a poder seguir con su vida feliz y plena, ¿No es maravilloso?

Manuel aún no contestaba.

¡Qué bueno! Seguía graznando el doctor. Me imagino a todos los que irá a saludar ahora, a contarles la buena nueva. ¿No es así? ¿Anchorena que le pasa? ¿Lo dejé mudo?

Manuel volvió en sí. Sí doctor perdóneme. Es cierto, gracias, si, dijo titubeando, tengo que contárselo a todos. No sé por dónde empezar.

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Acerca de Pablo Díaz Marenghi

Periodista / Docente / Comunicación #FSOC / Redacción @artezeta / Colaboro en @DiarioZ @NiaPalos y @Ultra_Brit / Conduzco @hoyeselfuturo / Twitter @pediazm / LinkedIn
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2 respuestas a ¿Una buena noticia?

  1. @ezetm dijo:

    Muy bueno, Pali. Voy a estar atento al blog.

  2. Emi dijo:

    Pablo,
    Muy bueno el cuento, venís escribiendo mucho desde que terminó taller? Me gusta cómo generás suspenso, la situación que se aparta del lugar común, la construcción del protagonista. Despierta mucho interés. Lo que sí te sugeriría es que lo releas un poquito, porque se te escaparon un par de cuestiones de superficie (algún acento, algún verbo, alguna coma). Pero el trabajo con la narración esta muy bien!
    Un saludo,
    Emi

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