Los chanchos*

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Encerrado en este agujero de tierra y aguas negras, después de oír como los pájaros callaban sus cantos por la tormenta, pude entender que esa historia ya estaba escrita. De principio a fin, las voces del más allá habían dado su veredicto. Estaba solo, hace ya casi diez años, en este hueco de barro, húmero como las cavernas más distantes. Un penetrante aroma a sangre seca se percibía en sus paredes. El suelo, de consistencia arenosa y resbaladiza me brindaba un sostén frágil, incómodo, peligroso.

Migrañas constantes reventaban mi cerebro como palazos. Podía sentir hachas que rebanaban mi cráneo y mi mente, cual resorte, repiqueteaba en su prisión ósea. Hace diez años que soy la última víctima del peor verdugo. Reo de un castigo infernal, producto de las mentes más tétricas.

Tuve que acostumbrarme a comer desperdicios humanos, alimentos descompuestos, hierbas y raíces indigeribles, en pos de mi supervivencia. Me alimento de pura basura. Cualquiera diría que soy un cerdo, un puerco en su chiquero. Pero la verdad es que no tenía muchas opciones. Debía elegir entre comer fango y restos animales o la muerte.  Prefería seguir viviendo, más por rebeldía que por un propio ímpetu.

En un principio, tuve miedo. Fui una amalgama con el más crudo terror. Pero pronto, estas sensaciones se disiparon para dar paso a otras aún más terrible: la conformidad, la rutina, la derrota.  

Aún recuerdo el día que por primera vez pisé la estancia de Don Ibáñez. Parecía un buen hombre, transparente, correcto. Esos señores de campo afectivos de los cuales no hay muchos. Acepté su invitación sin dudarlo, después de todo era mi jefe y creí que si la rechazaba iba a quedar como un descortés. –Un fin de semana tranquilo y luego, un seguro ascenso, fantaseé. Trivialidades vacías.

Don Ibáñez, pipa en mano, fue conduciéndome casi como a un niño en una excursión, a través de sus innumerables hectáreas. El lugar era de película. Me sentía preso de una fábula maravillosa, como las de Esopo, aunque percibía, no sé porque, un final abierto.

Los verdes prados, las cosechas, sus siembras, el establo, las vacas, el inmenso gallinero. Don Ibáñez era un guía de lujo. No escatimaba detalles, desde la calidad de sus productos, hasta cómo su familia había inaugurado los negocios rurales en épocas, según me dijo, de pan negro y vacas flacas.

Atravesamos toda la estancia de punta a punta, hasta toparnos con un cerco de alambre bastante inusual. No era de esos bajitos, que impedían el paso de vacas o equinos. Este era alto, casi del doble de mi estatura, y eso que mido casi uno noventa. ¿Para qué semejante cerco? Le pregunté. –Ah esto, dijo con la mayor serenidad. –Más adelante está el chiquero. Es mejor que acá paremos y volvamos. Ya se va a enterar de qué se trata todo eso.

En aquel momento jamás me imaginé para que necesitaba semejante cerco, y tampoco me importó. Nunca se me ocurrió que Don Ibáñez me estaba ocultando algún secreto macabro, como, no sé, animales extraños y mutantes pastando por sus llanuras, o humanos desmembrados colgados de ganchos de carnicero, al mejor estilo Ed Gein. No. El señor Ibáñez jamás podría hacer algo así, pensaba. Pensaba.

Al día siguiente, luego de un sueño apacible, regodeado de una calma propia de aquellas tierras campestres, Don Ibáñez se reúne conmigo temprano y me propuso un nuevo paseo por la estancia. Esta vez, iríamos al misterioso chiquero. Me vestí tranquilo y salí, la verdad que casi sin interés. Ya estaba un poco harto, pero debo reconocer que comenzaba a despertar cierta curiosidad en mi aquel cerco y ese chiquero.

-Acá guardamos a los chanchos, dijo Ibáñez. Y sí, los chanchos viven en chiqueros, que novedad, pensé. Hoy entiendo que fui un ingenuo.

Don Ibáñez abrió una puerta que permitía el paso a través del alambrado y avanzamos. Caminamos unos metros, en un principio apacibles, pero luego, la atmósfera se volvió más tétrica. El aire era espeso y me pareció ver al sol alejarse y al anochecer arremeter en un horario insólito. También resonaba en mi cabeza la frase de Don Ibáñez: acá guardamos a los chanchos. No sé por qué lo que antes me pareció una idiotez, ahora lo veía como un espanto.

–Llegamos, me dijo mi patrón.

 -¿QUÉ ES ESTO ENFERMO? Grité.

El chiquero. Le dije que acá guardamos a los chanchos.

 

Aquello que estaba observando por vez primera, y que hoy por hoy es mi hogar, mi tumba, mi ruina, no se parecía a un chiquero en lo más mínimo. Sin duda la profundidad de esas fosas era lo que las convertían en prisiones inquebrantables. No quise imaginarme lo que sucedía cuando llovía. Hoy por hoy, lo sé, y no soy capaz siquiera de intentar describirlo.

El olor a sangre casi hace que vomite. Desde lo profundo del suelo, seres amorfos, hediondos y putrefactos –supuse que
alguna vez fueron humanos- me observaban como diciéndome: bienvenido. Algunos estaban comiendo. Al verlos, de nuevo me volvieron las arcadas. Su comida era excremento, piel humana, alimentos descompuestos, tierra. Preso de aquella nausea, nunca percibí el empujón que Don Ibáñez me propinó, como tampoco mi pesada caída rumbo a una de esas fosas.

En ese momento no entendía bien que estaba sucediendo pero hoy, ya diez años después, entiendo todo. –Acá guardan a los chanchos, me había dicho Don Ibáñez. Por fin comprendo a qué se refería, aunque advierto que tardé demasiado.

 

—–

*Cuento realizado en el Taller de Escritura Creativa de Alberto Laiseca, en el Centro Cultural Rojas (UBA) en el año 2011.

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Acerca de Pablo Díaz Marenghi

Periodista / Docente / Comunicación #FSOC / Redacción @artezeta / Colaboro en @DiarioZ @NiaPalos y @Ultra_Brit / Conduzco @hoyeselfuturo / Twitter @pediazm / LinkedIn
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