Nunca seré policía

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Por Pablo Díaz Marenghi | @pablodiaz91 |

Tenemos armas. ¿Alguien alguna vez tomó conciencia de aquello? Tenemos la capacidad – no digo la obligación, la voluntad o la intención- de asesinarte a vos, a tu madre, a tu hermana, a tu tío y al presidente de la Suprema Corte de Justicia colgando de nuestro cinturón. Podemos matar, y estamos habilitados a hacerlo.

Los empresarios serán muy poderosos, lo políticos concentrarán enormes toneladas de influencia y tomarán decisiones trascendentales pero nosotros, somos los únicos individuos legitimados y autorizados a caminar lo más campantes con un tremendo trabuco del siglo XX a centímetros de nuestro bolsillo. Caminamos con una nueve milímetros en el Microcentro, en el conurbano, en las plazas, en los parques, en los trenes, en los colectivos, en los subtes, en los andenes, en los hospitales, en las escuelas. En ningún lugar se nos exige que entremos desarmados, es más, al vernos, se respira un alivio generalizado.

 -No existe sonido más desolador que el instante posterior a un disparo- PUM! Y el silencio se instala, a veces embebido en gritos esporádicos; pero la ausencia de sonido es, en general, el clima preponderante. Desolador, desolador al mango. Es increíble su poder de inquietar y succionar hasta lo más profundo de tu esencia. En un segundo. Todo está aquí, concentrado en una ballesta mecanicista cargada de cartuchos de plomo que portamos cual riñoneras en  nuestras cinturas.

Caminamos seguros, firmes y sonrientes creyéndonos los reyes de este puto mundo. Sonreímos, hablamos entre nosotros y reímos. De golpe aparece algún negro al cual miramos, miramos y remiramos. Pasa, sigue caminando y nosotros proseguimos en nuestra conversación. ¿Te imaginás una guerra sin tiempo? Le arrojo a mi compañero haciéndome el Hegel. –Sí, sin tiempo, guerra permanente, sin fin, no existe la paz, ¿Qué pasaría?. Me contesta que algo así, aunque no tal cual como lo describo, está ocurriendo.

Somos gordos, de eso no hay duda. Rellenitos, por si alguno/a se ofende. Nuestros traseros, culos, son enormes. Inmensos montículos de grasa amorfa que se bambolean en cada una de nuestras pisadas. Todo en nosotros es enorme. Monumental. Nuestros muslos son gigantismos, protuberancias de un tenor graso incalculable. Son una especie de macetones de plaza pública que nos impiden cualquier tipo de corrida justiciera.

Nuestros rostros también son enormes. Facciones recias, duras y al mismo tiempo desprolijas, como moldeadas por el cincel del mejor escultor bien pasado de merca. Ojos enormes, boca enorme, nariz enorme, orejas enormes, todo es grotesco rozando el drama. Hablamos, conversamos, gesticulamos y nuestras jetas casi que rozan a los transeúntes que pasan a nuestro lado. Cada tanto, algún curioso observa nuestro aparatito metálico de matar. Se lo queda mirando un rato largo, pensando quién sabe qué. De golpe un pendejo, medio jipi, lo mira más de la cuenta. Con atención, fruición, cual antropólogo que descifra un antiguo manuscrito, recorre con su mirada nuestro más grande atributo de poder. Nuestro verdadero falo. Esa tremenda pistola que nos cuelga y nos hace sentir los grandes maestros de cualquier culto milenario.

Me inquieta este jipi de mierda y entonces, decido mirarlo fijo. Le cruzo la mirada con mis ojos de tortilla de papa XXL y frunzo el ceño como diciéndole: qué miras la re concha de tu madre jipi del orto. En otra época ni siquiera hubiera hecho eso, directamente lo hubiese agarrado y recontra cagado a macanazos – otro atributo que también acrecienta nuestro ego pero que no le llega ni a la sombra de nuestro cromado consolador mortal-. El jipi, como era de esperarse, se caga encima, corre la mirada y prosigue su marcha.

Tenemos armas, somos enormes, hablamos, reímos y nos temen. La tenemos más larga que cualquiera, estamos con la puta que queremos y en todos lados comemos de arriba. También fumamos de garrón y si nos cruzamos a un borracho en la vía pública no paramos hasta hacerlo llorar sangre.  Ah, y te podemos matar si queremos.

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Acerca de Pablo Díaz Marenghi

Periodista / Docente / Comunicación #FSOC / Redacción @artezeta / Colaboro en @DiarioZ @NiaPalos y @Ultra_Brit / Conduzco @hoyeselfuturo / Twitter @pediazm / LinkedIn
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Una respuesta a Nunca seré policía

  1. guillermo dijo:

    caramba. Que loco es verse al espejo. Ver el mundo que vivimos y de algún modo reproducimos.

    Saludos, Guille.

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