El Veneno*

symns

En el mercado del arte, el término “maldito” suele ser la cifra de un elogio, una identidad en la constelación de estilos. El caso de Enrique Symns, a su manera, es tan paradigmático como particular. Dirigió la revista Cerdos y Peces donde le dio voz a delincuentes, violadores, prostitutas y linyeras ganando tanto admiración como diferentes formas de desprecio; cargó a su cuerpo de excesos y a su prosa de las armas del realismo sucio con la suficiente constancia como para ganarse rápidamente el mote de “Bukowski argentino”, etiqueta que obliga a surfear siempre las olas del mito y la caricatura; hizo que su ex amigo Carlos Solari extendiera su dedo y lo bautizara “Héroe del whisky”; se fue a Chile y fundó la revista The Clinic; se peleó mal con sus compañeros y volvió al país. “Maldito” -para quienes lo leen pero también para muchos de los que lo conocieron-, su nombre fue noticia por estos días. Luego de más de quince internaciones en los últimos años, y una necesaria, costosa -y riesgosa por su salud- operación en ciernes, la semana pasada, amigos, artistas y colegas se juntaron para reunir fondos y homenajearlo. En ese contexto, repasamos la vida de alguien que llevó la filosa etiqueta de “maldito”, sombra de la Argentina cocainómana del post Proceso, hacia un tendal de anécdotas, conflictos y leyendas.

Por Pablo Díaz Marenghi

“¡Él lo hizo! ¡Ese anciano viscoso y aburrido al que llaman Dios! Él creó esa pantomima que llaman universo”. Así empieza uno de los tantos monólogos que Enrique Jorge Symns vociferaba con movimientos histriónicos en centros culturales, teatros unders, sótanos y en la antesala de los shows de Los Redonditos de Ricota a mediados de los ochenta cuando tocaban para cincuenta personas. Allí en donde explotaba todo su potencial de orador e invitaba a la reflexión casi como un profeta maldito. Nacido en Lanús en 1946, no terminó la primaria por decisión de sus padres. Su destino comenzó a alinearse, de muy pequeño, entre los confines del vagabundeo, callejones y bares de mala muerte. De muy chico se cruzó con estafadores, ladrones, bohemios y demás personajes de la noche. Conoció la ginebra, el sexo y el delito; respiró la calle como un flaneur urbano. En el estallido de la dictadura del ’76 emigró a España y allí hizo monólogos en las calles y los subtes para sobrevivir. También allí advirtió que la escritura, aquello que hizo de niño por diversión, podría ser un oficio: “Una editorial mexicana me pidió que escribiera un libro anónimo que se llamó La represión sexual en el franquismo. Me pagaron bien. El libro era muy bueno, pero me sorprendió porque no sabía que podía hacer eso. No sabía que era periodista. Y lo era. Soy un periodista nato, o algo así. Descubrí el periodismo caminando. Soy un un antropólogo de la vida cotidiana”, se definía Symns en un reportaje en la Rolling Stone de enero de 2004. Luego, al volver a la Argentina, le esperarían varias redacciones y su obra cumbre por la que hasta hoy es citado como uno de los narradores más destacados de la cultura under de los 80: la revista Cerdos y Peces.

Música de cañerías

Luego de pasar por las revistas Pan Caliente, Satiricón, Eroticón y el diario Clarín, Symns recae en la revista El Porteño convocado por Gabriel Levinas. Este le ofrece armar un suplemento en donde pueda moverse con libertad. Historias protagonizadas por pedófilos, dealers, ladrones, homosexuales y otros silenciados. Temas tabúes para una sociedad que comenzaba a dejar atrás la dictadura. El nombre surge cuando Levinas y Symns hacen una tirada azarosa del I Ching y leen el ideograma 61: “Los cerdos y los peces son los animales menos espirituales de la creación, y en consecuencia los más difíciles de influir”. Ese es nuestro público, concluyen.

Ricardo Ragendorfer integró las redacciones de El Porteño, Cerdos y coincidió con Symns en el diario Sur. Su relación, dice, “sería para escribir un libro”. Lo conoció, como no podía ser de otra manera en un bar a principios del ’85. “En la Cerdos y Peces publiqué mis primeras notas policiales en una columna que se llamaba Vidas Ejemplares. Eran biografías o perfiles de pistoleros que por ese entonces a mí me caían simpáticos”, comenta. Define la experiencia de haber trabajado con Symns como “crucial” y describe su trabajo de aquella época como “algo que lindaba entre el juego y la epopeya”.

Un joven Alfredo Rosso integró esa redacción y la recuerda como “un ámbito creativo donde siempre se producían charlas y discusiones interesantes y motivadoras. Todo se hacía con energía y pasión, mucho de eso debido a la figura iconoclasta y anticonformista de Symns, pero también al brillante cuerpo de redactores, poetas y artistas que contribuían”. Eduardo Blaustein, también compañero de aquel entonces, lo recuerda con afecto: “Hicimos buenas migas desde un comienzo porque yo venía de Barcelona y eramos los dos bastante rockeros”. En su escritura veía “calle, experiencia, música, intolerancia a muchas cosas. Una mezcla muy argentina con un tono medio para armar quilombo a propósito. Buscaba impacto”.

Osvaldo Baigorria, hoy docente de la Carrera de Comunicación de la UBA, llegó a la Cerdos como colaborador y así conoció a Symns. “Fue en octubre de 1984 -recuerda- cuando fui, de parte de Nestor Perlongher, a proponer notas. Recuerdo a Enrique como un flaco de barba no muy crecida, con chaqueta verde militar, con quien hablamos del sentirse extranjero en Argentina, de nuestra indiferencia ante el nacionalismo y el fútbol”. Sebastián Duarte integró la redacción en los últimos años. Hace memoria: “En 1994 me hice amigo del Pelado Cordera y empecé a colaborar con Bersuit Vergarabat. Por ese entonces, Enrique era el monologuista de la banda. Fue así como lo conocí. En 1996 reapareció la Cerdos y el Pelado me recomendó para formar parte del staff. Fue lo más hermoso que me pasó en esta profesión: escribir en la revista que leía de adolescente”.

La publicación subsistió, con bombas y clausuras judiciales de por medio, hasta 1998 con un intento infructuoso de revivirla en 2004 y marcó una huella dentro del periodismo gráfico local, quizás el legado más innegable de Symns. Fue el ojo que miraba a través de la cerradura de la contra cultura. Como rezaba su subtítulo, Cerdos y Peces se convirtió en “la revista de este sitio inmundo”.

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones

Symns siempre fue un provocador. En los comienzos de Cerdos, llegó a justificar y avalar la pedofilia, algo que le valió sendas críticas. Destacó muchas veces el hecho de haber tenido sexo con infinidad de mujeres en diversos lugares, incluso en la misma redacción de Cerdos. Acumuló encontronazos con varios colegas como cuando abandonó The Clinic, revista que fundó junto a otros periodistas en Chile. Siempre fue muy intenso y supo pelearse y amigarse con varios de sus compañeros de ruta, como Jorge Lanata quien lo convocó cuando fundó el diario Crítica y él se encontraba sin trabajo. Nunca pretendió tener muchas posesiones y en varias entrevistas recalcó que el dinero le interesaba para pagar “cocaína, champagne y taxi”. Vivió en Europa, Brasil y también en hoteles en Mar del Plata. Hoy vive en una pensión en el barrio de Constitución.

Durante gran parte de su vida tuvo una fuerte adicción por la cocaína. En El señor de los venenos, su autobiografía, afirmó que “las drogas (están) para ayudarnos a dejar de ver esa obstinada tranquera que nos impide ingresar en lo desconocido, para obligarnos a ser nosotros mismos”. Supo elogiar el placer de los alucinógenos en sus textos. También destiló nihilismo y por momentos esto pareció acentuarse, como cuando en una entrevista para The Clinic de julio de 2015 declaró que “La vida es nefasta, no tiene ningún sentido”. En diciembre de 2014 confesó en el periodico Vas: “Estoy debatiendo si sigo viviendo o no, es algo que mis amigos no quieren escuchar pero es la verdad”. Ese delgado equilibrio entre la vida y la muerte lo acompañó a lo largo de su vida.

La banda de los chacales

En los últimos días se conoció, casi en un boca en boca cibernético, un comunicado que comentaba el precario estado de salud de Symns y la urgente necesidad de una operación. Por ese motivo surgió la necesidad de actuar. “Cuando Fernanda Simonetti, amiga de Enrique, arma un grupo en Facebook para comunicar la situación de salud de él y la necesidad de una operación en el Hospital Italiano que cuesta $100.000, a una de las productoras de RadioFLIA se le ocurrió que la mejor manera para que esa plata se juntara era a través de un festival”, explica Camila Delía, una de las organizadoras del evento que se realizó el pasado jueves 30 en El Emergente. Emiliano Ciarlante forma parte de la revista Metanoia y se le ocurrió ofrecer packs de las mismas cuya recaudación se destinará para costear para la operación. La contracultura, que Symns retrató durante tantos años, se moviliza en pos de uno de sus referentes.

Symns siempre despreció a los hospitales. Basta leer el relato “Una siniestra hospitalidad”, publicado en Orsai, para indagar en las principales internaciones atravesadas por Enrique. Desde una circuncisión obligada por una lesión en el pene hasta una internación voluntaria en el Borda, la detección de su diabetes y un ACV en El Bolsón que lo dejó con todo el costado izquierdo de su cuerpo paralizado. En un artículo en Crítica escribió: “No puedo evitar un gesto de repugnancia intelectual ante ese avasallamiento degradante que significa siempre la internación hospitalaria”.

Peleando a la contra

Rodolfo Palacios -periodista de policiales, autor de las biografías de Barreda y Robledo Puch- conoció a Symns en Crítica y es, hace varios años, amigo aunque “muchas veces nos peleamos”. Él sostiene que “Enrique en el fondo es un niño. Lo veo todas las semanas. La última vez vimos dibujitos en la pensión donde vive y me contó que una vez escribió un cuento infantil que una ex le tiró a la basura. Ese es el costado de Symns más auténtico: no el reventado pesimista que odia al mundo, sino el niño eterno. Ese que se disfraza de viejo y escribe”.

Amado y odiado, Symns es un personaje, una mistificación de una pose y también una prosa cargada de realismo sucio. En sus crónicas, inundó de romanticismo las miserias cotidianas más profundas. Lleva la impronta de Bukowski aunque siempre repite que cuando lo bautizaron el “Bukowski porteño”, por andar con un vaso de whisky por la calle, él todavía no lo había leído. Su cuerpo le está pasando factura de años de excesos y adicciones. Amigos y seguidores hacen fuerza por El señor de los venenos quien, con su habitual estilo irreverente, declaró en una entrevista reciente que “El optimismo es un disfraz del miedo, del fracaso. ¿Quién puede ser optimista? Un mentiroso. Desde el momento en que vos sabés que existe la muerte, no te queda más remedio que ser pesimista”.

 

*Publicado en el suplemento Ni a Palos del diario Tiempo Argentino el domingo 2 de agostode 2015

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Acerca de Calambre de Escritor

Periodista / Docente / Comunicación #FSOC / Redacción @artezeta / Colaboro en @DiarioZ @NiaPalos y @Ultra_Brit / Conduzco @hoyeselfuturo / Twitter @pediazm / LinkedIn
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